No se quien soy…
Por: Jorge Jaime Rodríguez Hernández
“No soy más que el conjunto de libros que he leído, las vivencias que he tenido, la memoria que he conseguido atesorar, yo sé más bien poco de mí, figúrese que ni siquiera sé el día de mi muerte” Borges pensaba cosas como estas, y por eso fue considerado uno de los primeros referentes de la postmodernidad, el constructivismo y todas esas teorías sociales que niegan la identidad o la esencia del individuo. Según éstas teorías, nuestra voz no es más que el eco sordo de otras voces que ya lo dijeron todo, voces que se superponen unas a otras, que van eligiendo sucesivos cuerpos a lo largo del tiempo para hacerse oír. Somos meros altavoces repetitivos de un gran megáfono universal. La creencia de que tenemos ideas propias es totalmente infundada, una sublevación del ego ante su insignificancia. Lo cierto es que nos hemos tragado todo lo que pensamos, cualquier cosa que decimos tendría su propio referente externo a menos que profundizáramos un poco. Esa ocurrencia que de pronto ilumina mi cabeza como un oasis de creatividad... no es mía (desafortunadamente), es una idea que escuché o leí algún día, que había quedado agazapada en mi inconsciente y que surge de pronto un día, cuando ya nadie la esperaba, cuando ya ni siquiera recuerdo que es una frase ajena. El hombre es sólo un simio adoctrinado, un mono de repetición, un títere con ínfulas que niega u olvida los hilos que lo mueven.
Por: Jorge Jaime Rodríguez Hernández
“No soy más que el conjunto de libros que he leído, las vivencias que he tenido, la memoria que he conseguido atesorar, yo sé más bien poco de mí, figúrese que ni siquiera sé el día de mi muerte” Borges pensaba cosas como estas, y por eso fue considerado uno de los primeros referentes de la postmodernidad, el constructivismo y todas esas teorías sociales que niegan la identidad o la esencia del individuo. Según éstas teorías, nuestra voz no es más que el eco sordo de otras voces que ya lo dijeron todo, voces que se superponen unas a otras, que van eligiendo sucesivos cuerpos a lo largo del tiempo para hacerse oír. Somos meros altavoces repetitivos de un gran megáfono universal. La creencia de que tenemos ideas propias es totalmente infundada, una sublevación del ego ante su insignificancia. Lo cierto es que nos hemos tragado todo lo que pensamos, cualquier cosa que decimos tendría su propio referente externo a menos que profundizáramos un poco. Esa ocurrencia que de pronto ilumina mi cabeza como un oasis de creatividad... no es mía (desafortunadamente), es una idea que escuché o leí algún día, que había quedado agazapada en mi inconsciente y que surge de pronto un día, cuando ya nadie la esperaba, cuando ya ni siquiera recuerdo que es una frase ajena. El hombre es sólo un simio adoctrinado, un mono de repetición, un títere con ínfulas que niega u olvida los hilos que lo mueven.
Todas éstas teorías resultan verosímiles, bastante coherentes con la existencia humana. Y generalmente pueden valer para vacunarse contra la prematura vanidad de creerse demasiado original. Pero para mí que deja demasiados cabos sueltos.
Para empezar, si nuestra identidad de hoy no es más que el repicar clónico de identidades pasadas, ¿cómo es posible que la humanidad haya avanzado en todos sus campos? ¿Cómo es posible el progreso si no somos más que una calcamonía, una nueva impresión que se amolda exactamente a los perfiles del viejo? ¿Sería posible el avance de la ciencia, de la filosofía o del arte si no existieran voces de un nuevo modelo que apoyándose en lo viejo introdujeran nuevas formas?
Y yendo un poco más allá, si esa voz antigua que nos traspasa es siempre prestada, debería carecer a su vez de un origen, nadie pudo proclamarlas en primer lugar puesto que eso negaría el sentido de la teoría, supondría la evidencia de que la originalidad sí existe, de que un día alguien dijo esas palabras por primera vez. Nos metemos en un callejón sin salida teórico, éstas ideas, si pretenden ser coherentes desembocan ineludiblemente en la idea de Dios, ya que él sería el único ser capaz de dejarnos ese legado omnisciente y acabado. Se tendría que aceptar la existencia de un ser divino encargado de dictar a la oreja de los hombres musiquillas celestiales y otras retóricas. Y toda la evolución del hombre no sería más que el pedagógico discurso que Dios ha trazado para que no se nos atragante toda esa información que ya está completa y archivada en la biblioteca del cielo (recemos para que haya una en el purgatorio).
Digo yo, si no sería más fácil aceptar la posibilidad de una identidad que determinada por los genes y contorneada por la cultura va encontrando poco a poco su propia voz. Creo que la libertad consiste en eso, en buscar cada cual su propia identidad. No al margen de los otros, no aislándose de todo contacto cultural como tienden a pensar las mentes de pureza rousseauniana. Precisamente el germen de toda identidad se encuentra en los otros, en la cultura, en todas las manifestaciones que ésta nos ofrece para explorarnos a nosotros mismos. No creo a todos aquellos que dicen “no hay nada nuevo bajo el sol”, creo que cualquier idea que revienta de pronto la conciencia de un inocente es una tremenda novedad, un pequeño lucero que se enciende en la realidad microscópica de un hombre del montón. Da igual que las ideas vengan de fuera o de dentro, lo importante es que uno se las apropie con entendimiento y emoción. Toda idea que pasa por el propio centrifugado mental ya no es sedicente, pasa a ser un tesoro personal que agranda el tamaño de la propia conciencia y por tanto de la propia identidad. Es evidente que no está bien ir por ahí apropiándonos frases literales de genios con la coartada de que al entenderla ya la hice mía, pero tampoco está claro que tengamos que estar siempre disculpándonos o sintiéndonos impostores porque todo lo que creemos saber de propia mano es una gran mentira. Creo que la propia mirada y las propias palabras nacen entumecidas, sujetas al entorno por un tenue hilo de autenticidad, pero es verdad que con el tiempo esa voz puede ir adquiriendo cierta independencia, enriqueciéndose con miradas ajenas, aumentando de cualquier forma el calidoscopio de la propia realidad mental. Cuando siente uno la cercanía de esa posibilidad se siente feliz de ser único y ser diverso, de tener una identidad propia y de ser un conjunto de voces foráneas que nutren el propio espíritu.

1 comment:
Hello Jorge!!! que intenso te has vuelto... me gusta... ojala y pudieramos comunicarnos... realmente me gustaria... platicar contigo y saber que ha sido de ti en los ultimos 10 años.. cuidate! chico bipolar!!! Soy gmoguel77@hotmail.com escribeme pronto!
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